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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2018-12-13T13:04:03Z
Actualizado: hace 2 horas 38 mins

(523) Siria cristiana (ss. I-XXI), "semper fidelis"

Lun, 2018-12-10 03:04

–A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

–Tú, el Dios leal, me librarás (Sal 30).

* * *

Una de las más antiguas y venerables Iglesias locales de toda la Iglesia Católica es Siria, situada al este y norte de Palestina. Concretamente Antioquía de Siria –hay otra en Pisidia, Asia Menor–, fue durante siglos en la Iglesia uno de los centros principales, con Jerusalén, Roma y Alejandría de Egipto. Precisamente fue en Antioquía «donde comenzaron los discípulos a ser llamados cristianos» (Hch 11,26). Camino de Damasco se produjo la conversión de San Pablo, y en Damasco fue confirmado en la fe. Por eso, cuando nos informan de las persecuciones que los cristianos de Siria actualmente sufren en forma de martirios o de exilios, hemos de ser muy conscientes de que ellos son uno de nuestros hermanos mayores principales.

* * *

Algunos santos sirios

–Siglo I

San Ignacio, obispo de Antioquía, autor de siete cartas formidables, escritas hacia el 107 mientras lo llevaban por ser cristiano para ser juzgado en Roma, donde murió mártir . Su actitud ante el martirio, rogando que no se lo evitaran, marcó profundamente la dimensión martirial del cristianismo de su tiempo y hasta hoy.

–Siglo II

San Aniceto, nació en Emesa, Siria, y fue sucesor en Esmirna del obispo San Policarpo, discípulo del apóstol San Juan. «Nieto» del más teólogo-mísitico de los evangelistas, fue el número 11 en la lista de los Papas, sucesores de San Pedro en Roma (155-166).

–Siglo IV

San Efrén, diácono (306-373), nacido en Nisibis y bautizado a los 18 años, permaneció junto al famoso obispo de Nisibis, San Jacobo, con quien, se afirma, asistió al Concilio de Nicea, en 325. Doctor de la Iglesia, fue llamado «el Arpa del Espíritu Santo», por su excelencia como poeta, compositor litúrgico, predicador y teólogo.

San Juan Crisóstomo (347-407), de Antioquía, fue monje del desierto, clérigo diocesano de gran fama /crisostomo – boca de oro), gran exegeta y teólogo, Doctor de la Iglesia, sus escritos fueron durante muchos siglos, con los de San Agustín, los más numerosos y apreciados. Patriarca de Constantinopla, sus llamadas a la conversión de la Corte imperial, lo llevó al exilio ya anciano, donde al poco tiempo murió (casi mártir).

San Marón (+410), monje cenobita de Antioquía, muy unido en amistad con el Crisóstomo, estableció el rito oriental litúrgico llamado «maronita», que perdura hasta hoy.

–Siglo V

San Simeón Estilita, nacido en un pueblo del norte de Siria y muerto en Alepo, Siria (350-459), fue pastor en su juventud, y después 15 años de vida cenobítica, partió al desierto, donde era tal su atracción espiritual, que para no verse agobiado por la muchedumbre, se hizo construir una columna, sobre la cual permaneció 37 años, en oración y penitencia. Las dos regiones que en ese tiempo más desarrollaron la vida monástica cenobítica o eremítica, fueron Siria y Egipto. Y el monacato sirio se distinguió por el rigor de sus penitencias.

Siglo VII

San Sofronio de Jerusalén (560 - 638), nacido en Damasco, la capital de Siria, viviendo la vida monástica, fue elegido para ser patriarca de Jerusalén. Fue gran confesor de la fe católica, y combatió las herejías de su tiempo en obras teológicas, litúrgicas y hagiográficas. Una muestra de la dulzura luminosa de sus escritos puede verse en la Liturgia de las Horas, en una de las lecturas del común de la Virgen María.

Siglo VIII

San Juan Damasceno (675-749), nació en Damasco de familia noble, estando ya la ciudad bajo dominio de los Califas. Heredó de su padre el cargo de jefe civil de los cristianos. Pero renunció pronto a su cargo y se exiló al monasterio de San Sabas en Jerusalén, donde vivió dedicado al estudio y a escribir. Fue uno de los primeros aristotélicos, y ya en su tiempo destacó mucho por sus preciosos escritos de teología, espiritualidad, exégesis, homilías y cantos litúrgicos. Logró por primera vez exponer sistemáticamente (De fide ortodoxa, año 742) todo el dogma cristiano, como una Suma Teológica. Combatió contra los iconoclastas, cuando el emperador de Constantinopla prohibió el culto a las imágenes. Es Doctor de la Iglesia.

***

–Vocación martirial del pueblo cristiano sirio

Según vemos en otros casos de la historia, una Iglesia local cristiana fuerte en la fe suele configurar una nación cristiana, al menos en sus rasgos fundamentales y en su cultura. Pero siendo la muy amplia región del antiguo imperio asirio tan amplia, fue siempre tierra de paso, que estuvo sujeta, ya desde antes de Cristo, a poderes nacionales extranjeros más poderosos: egipcios, cananeos, hititas, asirios, persas, griegos, imperio seléucida, romanos, árabes, mongoles, imperio otomano y protectorado francés.

En el siglo VII Siria fue conquistada por el poder árabe del Islam, y desde entonces predominó la cultura musulmana. Este hecho histórico marcó ya para siempre la condición especialmente martirial de los sirios cristianos. Pequeños enclaves de Siria fueron tomadas en el siglo XII por señores francos durante las Cruzadas. En el siglo XIII, llegaron los primeros mongoles, que se caracterizaron por su poder opresivo. Desde el siglo XVI hasta el siglo XX Siria fue parte del Imperio otomano, y quedó ignorada por los asuntos mundiales. En los finales del imperio otomano, la mayoría de los sirios cristianos emigraron, sobre todo en las persecuciones que sufrieron por los años 1840-1860. Se calcula que aproximadamente 900.000 sirios llegaron a los Estados unidos entre 1899 y 1919. Más del 90% de ellos eran cristianos.

En el siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial, el Imperio otomano se disolvió, y en 1922 la Liga de las Naciones repartió el dominio de la antigua Siria entre dos países: el Reino Unido recibió Transjordania y Palestina, y Francia recibió a lo que vendrían a ser las actuales Siria y Líbano. Y en 1946 Siria alcanzó la independencia.

En la guerra actual que sufre Siria desde 2011, iniciada por el Islam violento (yihad), combates y bombardeos han ido reduciendo a ruinas buena parte de Siria. Sufre la nación el conflicto más cruento desde que estallaron las llamadas «primaveras árabes». Al menos 465.000 sirios han muerto, más de un millón han resultado heridos y mlas de diez millones han tenido que exilarse de sus hogares.

No sabemos cómo quedará Siria cuando, por don de Dios, recupere la paz. En todo caso es significativo que los más terribles arrasamientos se hayan producido en ciudades como Alepo, que en 2010 contaba con una población de unos 4,6 millones habitantes, siendo la ciudad más poblada de la nación, dejando en segundo lugar a Damasco, la capital. Alepo fue bombardeada por unos y por otros, hasta no deja piedra sobre piedra. Da la casualidad de que era la ciudad de Siria con mayor número de cristianos. Es una casualidad que recuerda el bombardeo atómico en Japón, que precisamente se centró en las dos ciudades con más cristianos, Hirosima y Nagasaki.

* * *

Siria cristiana vive escondida con Cristo en Dios

Según datos anteriores a la guerra, los cristianos en Siria representan el 11,2 % de la población. Y se distribuyen –cito por orden cuantitativo– entre la Iglesia Ortodoxa de Antioquía (conocida como el Patriarcado Ortodoxo de Antioquia y Todo el Oriente), la Iglesia católica melquita, varias Iglesias católicas orientales, y algunas Iglesias ortodoxas, como la siríaca y la armenia. También hay una minoría de protestantes y de otras denominaciones cristianas.

Al principio de este artículo he aludido a la historia de la Iglesia en Siria, haciendo memoria de sus personalidades más notables. Pero no he narrado ya nada de ella posterior al siglo VII, cuando fue invadida por la fuerza del Islam. Y es que un pueblo tolerado o incluso perseguido no tiene historia para el mundo. La historia de la Siria cristiana –especializada en completar en la cruz lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24)–, es una historia secreta, que sólo está escrita en el corazón de Dios. Por supuesto que es una historia viva, pero a los cristianos sirios de esa historia se les puede decir aquello que San Pablo decía de todos los cristianos: «estais muertos, pero vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). Y los cristianos perseguidos, bombardeados, exilados «jamás se quejan» (P. Rodrigo Miranda, IVE, Alepo).  

 

Dos testimonios grabados en vídeos nos convencen de que una Iglesia local oprimida, tolerada unas veces, perseguida a muerte otras, si se abraza a la Cruz de Cristo, permanece viva en el Evangelio a través de los siglos, y con más profunda verdad, belleza y esperanza que otras Iglesias bien instaladas en el mundo.

Mireille Al Farah, joven siria católica, autoexilada en España, nos da el primer testimonio

Myriam, la niña de Qaraqoush, en Irak –vecina de Siria, a su oriente–, nos da el segundo en 2015, aún más impresionante.

Post post.– Ayuda a la Iglesia Necesitada ha comenzado una nueva campaña de ayuda a los cristianos en Siria. Como explican, «nuestra ayuda en Siria no es solo una respuesta a la dramática situación humanitaria causada por la guerra; nuestra ayuda tiene como objetivo evitar que la presencia Cristiana en el Medio Oriente desaparezca». Ayuda a la Iglesia Necesitada trabaja con gran empeño para dar asistencia humanitaria a los millones de personas que la necesitan, para que puedan regresar los sirios exilados o desplazados, y reconstruir sus hogares, iglesias y escuelas. Gracias a ella, muchos cristianos están de vuelta a sus lugares de origen y miles de hogares ya han sido reconstruidos y habitados. Y lo que es más: permanece una Iglesia iniciada en el siglo I. Reza y para dar ayuda a los cristianos en Siria, pincha aquí (AIN)

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

(522) San Francisco de Javier (3-XII). ¿Las misiones católicas son hoy católicas?

Lun, 2018-12-03 11:17

 

–Me figuro que unas sí, otras no, y otras a medias.

–Sorprendente, increíble: ha dicho usted exactamente la verdad. Una verdad, además, aplicable a muchos entidades: universidades «católicas», matrimonios «católicos» (anticonceptivos), etc.

* * *

–Sagrada Escritura

Nuestro Señor Jesucristo, Luz del Mundo, es «el que nos llamó de la oscuridad a su luz admirable» (1Pe 2,9). El «bajó» del cielo y entró por la encarnación en la raza humana para buscar y salvar a los pecadores, y Él envió a sus apóstoles «para que prediquen en su nombre la conversión para la remisión de los pecados a todas las naciones» (Lc 24,47; +Hch 5,31; Vaticano II, Ad gentes 7).

El hombre, por el pecado original, es un pecador de nacimiento: «pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). No puede salvarse a sí mismo, porque, bajo el influjo del diablo, «no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere» (Rm 7,19). Necesita el auxilio divino de una fuerza sobre-humana, sobre-natural, la gracia del Salvador, para librarse del pecado por la conversión y el perdón. La misión apostólica recibida por la Iglesia tiene, pues, un contenido muy definido desde el principio del «envío-missio»:

«Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,19-20). Las misiones son católicas en la medida en que cumplen ese mandato, o al menos lo intentan.

 

–San Pablo: Jesucristo y conversión

La «misión» que el Señor confía a San Pablo podemos conocerla con sólo leer dos frases que dan de la evangelización una definición descriptiva. Primera: «Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,18). El Apóstol predica ese Evangelio, según el mandato de Cristo, en todas partes, sin avergonzarse de él y sin temor alguno: «anuncié la penitencia y la conversión a Dios» (26,20).

San Pablo, por tanto, como misionero máximo, pretende en su misión evangelizadora librar a los hombres de «la esclavitud del pecado» (Rm 6,20) y de la cautividad del diablo, «príncipe», más aún, «dios de este mundo» (Jn 12,31; 2Cor 4,4), de modo que los hombres pasen «del poder de Satanás a Dios». Él sabe bien que su combate misional no es solo contra la carne y la sangre –la debilidad del hombre viejo–, sino principalmente «contra los espíritus del mal» (Ef 6,12), contra el demonio.

Segunda definición: San Pablo agradece a los cristianos de Tesalónica por «la acogida que nos hicisteis, y cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro» (1Tes 1,9-10).

Por el contrario, los nuevos «misioneros», que no creen en el pecado original, ni en la necesidad absoluta de una salvación por gracia sobre-humana, divina, celestial, la que comunica Jesús, lógicamente «no pretenden convertir a nadie», y no conviertan a nadie. Y presumen de ello.

 

El nombre de Jesús = Salvador

San Pablo evangeliza, simplemente, revelando a los hombres a Jesucristo. «Yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios… y nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,1-2). Lo repite con gran frecuencia, no sabe predicar sin nombrarlo. Un ejemplo:

«Yo Pablo, llamado para ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Jesucristo, llamados a ser santos, con todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor suyo y nuestro: Os deseamos gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor. Doy gracias siempre a mi Dios a propósito de vosotros, por la gracia de Dios que os fue concedida en Jesucristo; porque en él fuisteis enriquecidos en todo: en toda clase de dones de la palabra y en toda clase de conocimiento, puesto que el testimonio de Cristo se confirmó en vosotros, de modo que no os falta ningún don mientras aguardáis la revelación de nuestro Señor Jesucristo, que os confirmará también hasta el fin, libres de acusación en el día de nuestro Señor Jesucristo. ¡Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a compartir la vida de su Hijo Jesucristo nuestro Señor!» (1Cor 1,1-9)…  

Así predicaba San Pablo, como si no supiera hablar o escribir sin nombrar con frecuencia al «gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tito 2,13). Y es normal, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Y San Bernardo confesaba: «El leer me fastidia si no leo el nombre de Jesús. El hablar me disgusta si no se habla de Jesús» (Sermón sobre Cantares, 15).

Permésso: si reciben ustedes alguna publicación «católica», quizá sin haberla pedido –revista social, misionera, informativa, caritativa– que, supongamos, en 50 páginas no nombra a Jesucristo, ni a Dios, o los alude una, tres veces… lo mejor que pueden hacer es depositarla en la papelera sin leerla. Pero no sin antes haberla troceado convenientemente, no vaya a dañar a alguien con su veneno.

 

–Doctrina de la Iglesia

Pablo VI, respecto de las misiones, establece dos afirmaciones fundamentales. 1ª) «La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia… Ella existe para evangelizar» (exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, 14). Consecuentemente, 2ª) «no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (22). Él es el único Salvador del mundo, y ningún otro –persona, movimiento, partido, técnica psicosomática, religión humana, progreso científico– puede salvar al hombre (Hch 4,12). Sólo el Hijo encarnado puede hacernos hijos del Padre divino comunicándonos el Espíritu Santo.

Lo mismo vienen a decir otros documentos de la Iglesia, que no cito por no alargarme: Pío XII, encíclica Evangelii praecones (2-VI-1951); Vaticano II, decreto Ad gentes (7-XII-1965); San Juan Pablo II, encíclica Redemptoris missio (7-XII-1990); Card. Ratzinger, Congr. Fe, declaración Dominus Iesus (6-VIII-2000); papa Francisco, exhort. apost. Evangelii gaudium (24-XI-2013).

 

–San Francisco de Javier (1506-1552)

Nació en el castillo de Javier en 1506, y el Señor lo convirtió en París por medio de San Ignacio de Loyola, en 1534. Ingresó entonces en la incipiente Compañía de Jesús, y en 1541 fue enviado a las misiones de las Indias portuguesas. El que es Patrono de las Misiones católicas sólo misionó durante once años, en los que anduvo y navegó muchos miles de kilómetros. Estuvo en la India (1542-43, 1548, 1551-52), Ceilán (1544-45), Molucas (1545-47) y Japón (1549-51). Murió a los 46 años, ante la costa de la China, en 1552, en la isla San Choan. Al final de este artículo, como Apéndice, transcribo un conjunto, escrito por el mismo Javier, de las verdades cristianas de la fe que él predicaba. Predicaba lo que todos los misioneros verdaderamente evangelizadores han predicado siempre y en todo lugar.

–El «nuevo paradigma» de la misión evangelizadora          

Las nuevas «misiones» –gracias a Dios, no todas las actuales– cambian la fisonomía tradicional de la misión por la actual de las ONG. Sustituyen la predicación por el diálogo interreligioso. Pero a veces ni eso, porque eluden el tema religioso, temiendo que la proposición de la fe cristiana sea causa de distanciamiento y a veces de persecución. Y si en alguna ocasión entran en el campo religioso es para animar a que cada uno sea más fiel a su propia religión. Simplemente, se reducen a la beneficencia filantrópica, evitan predicar el nombre de Jesús y el de Dios, uno y trino, y llegan incluso a presumir de que no pretenden «predicar el evangelio», ni «enseñar a las naciones» lo que Cristo nos enseñó (Mt 28,19). Confiesan en su gran humildad que entre los paganos más aprenden que enseñan. Lo que no pocas veces será verdad.

Es éste un espíritu «misionero» que se da, lógicamente, con muchas variantes. El ejemplo que cito ahora es solamente una muestra del nuevo paradigma. Transcribo un fragmento de la entrevista que un periodista hizo recientemente a un Señor Arzobispo de la Iglesia Católica (13-IX-2018).

«Curiosamente, hablamos de una cultura del encuentro cuando nos encontramos en una sociedad del desencuentro… ¿Cómo actuar frente a esta realidad?

–«Sí, ciertamente, lo estamos viendo. Empezando en la familia: cuántos dramas vemos por esa incapacidad del encuentro, y no digo ya en la política, o dentro de la Iglesia. El Papa insiste mucho en acoger al otro, integrar y juntos caminar. Ahí tenemos que hacer un esfuerzo, porque estamos jugándonos el bien de la sociedad, el bien común, lo que supone ser plurales, diversos… Es como la imagen del arco iris: gracias a esos colores distintos, vemos esa imagen tan bella. En la pluralidad está la riqueza, y yo creo que tenemos que aprender este lenguaje, y no el de la uniformidad, que es querer imponer nuestros criterios. Creo que tenemos que aprender a no ser tan autorreferenciales, tan egocéntricos.

-«Sí es verdad que en una sociedad de blancos y negros, donde los matices parecen importar cada vez menos, resulta más importante esta cultura del encuentro

–«Creer que lo mío es lo único bueno, y que el otro tiene que convertirse a lo mío, es un error. No, no es así. Hay que ir cediendo, como nos enseña el Evangelio. Acercarte al otro y escuchar lo bueno que el otro tiene y desde ahí caminar juntos, sin renunciar, ojo, sin ser sincretistas. Yo te aporto mi visión, mis matices, tú me aportas los tuyos. Ni lo tuyo ni lo mío, sino lo nuestro, construir un proceso común. Pactando. El otro siempre tiene algo bueno que decir. Esto no significa que siempre tenga que aceptarlo y coincidir, pero eso te cuestiona y te abre a la acogida de la diversidad».

Conmovedor. Realmente es un paradigma «nuevo», que no fue conocido ni practicado por Cristo con los fariseos y saduceos –«raza de víboras, sepulcros blanqueados, coláis un mosquito y os tragáis un camello»–, y que igualmente lo ignoraron Esteban, Pablo, Martín de Tours, Bonifacio, Javier, los misioneros de América… Ellos no buscaban «pactar», llegar a un acuerdo, sino «convertir» a los infieles a la verdad de Jesucristo, que les iba a dar la felicidad en este mundo y en la vida eterna.

 

El verdadero paradigma de las misiones católicas

Bajo el impulso de Benedicto XVI, la Congregación de la Fe publicó una importante Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3-XII-2007) . En ella se reitera la doctrina de la Iglesia enseñada en los documentos arriba aludidos; pero está escrita sobre todo para señalar y rebatir algunas graves desviaciones actuales en la idea y práctica de las «misiones». 

(3). Hoy en día hay una confusión creciente que induce a muchos a desatender y dejar inoperante el mandato misionero del Señor (Mt 28,19). A menudo se piensa que todo intento de convencer a otros en cuestiones religiosas es limitar la libertad. Sería lícito solamente exponer las propias ideas e invitar a las personas a actuar según la conciencia, sin favorecer su conversión a Cristo y a la fe católica: se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta con construir comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Además, algunos sostienen que no se debería anunciar a Cristo a quienes no lo conocen, ni favorecer la adhesión a la Iglesia, pues sería posible salvarse también sin un conocimiento explícito de Cristo y sin una incorporación formal a la Iglesia. Para salir al paso de esta problemática, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha estimado necesario publicar la presente Nota.

(10). «El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)» [CDF, Declar. Dominus Iesus, 6-VIII-2000, 4. Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización [Pablo VI, Evangelii nuntiandi 73]. Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz.

«Quién así razona, ignora que la plenitud del don de la verdad que Dios hace al hombre al revelarse a él, respeta la libertad que Él mismo ha creado como rasgo indeleble de la naturaleza humana: una libertad que no es indiferencia, sino tendencia al bien. Ese respeto es una exigencia de la misma fe católica y de la caridad de Cristo, un elemento constitutivo de la evangelización y, por lo tanto, un bien que hay que promover sin separarlo del compromiso de hacer que sea conocida y aceptada libremente la plenitud de la salvación que Dios ofrece al hombre en la Iglesia.

«El respeto a la libertad religiosa [Benedicto XVI, disc. a Curia romana, 22-XII-2005] y su promoción “en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva” [Gaudium et spes 28; Evang. nuntiandi 24]. Ese amor es el sello precioso del Espíritu Santo que, como protagonista de la evangelización [Redemptoris missio 21-30], no cesa de mover los corazones al anuncio del Evangelio, abriéndolos para que lo reciban. Un amor que vive en el corazón de la Iglesia y que de allí se irradia hasta los confines de la tierra, hasta el corazón de cada hombre. Todo el corazón del hombre, en efecto, espera encontrar a Jesucristo.

«Se entiende, así, la urgencia de la invitación de Cristo a evangelizar y porqué la misión, confiada por el Señor a los Apóstoles, concierne a todos los bautizados. Las palabras de Jesús, “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20), interpelan a todos en la Iglesia, a cada uno según su propia vocación». 

Algún día de éstos «descubriremos el Mediterráneo».

Sólo Cristo puede dar la vista al ciego de nacimiento –el pagano– o al que perdió la vista que antes tuvo –el apóstata–.

Deus nos adjuvet!!!

José María Iraburu, sacerdote

 

Apéndice

(Nota del Autor. El texto que sigue no es obligatorio leerlo, y queda reservado para los lectores más animosos).

La breve Doctrina cristiana que reproduzco fue compuesta por San Francisco de Javier en Goa, la India, en mayo de 1542, a poco de llegar a las misiones. Cuando iniciaba una misión en una nueva región, lo primero que hacía era mandar traducir este breve catecismo. Y su predicación –siempre hubo de predicar con intérprete–, era un desarrollo del mismo (Madrid, BAC 1953, 84-88).

Según se ve, la predicación de Javier era muy orante: Iex orandi, lex credendi. Éltransmitía la fe en forma de oraciones centradas en el Creador, en la Trinidad, en Jesucristo, en la Virgen, en los ángeles y los santos, en la fe y los sacramentos, en el misterio de la Iglesia. Sin avergonzarse nunca de la enseñanza de Cristo y de los apóstoles, mostraba con gran amor y energía a los paganos los dos caminos posibles para el hombre: el de salvación y el de perdición.

Doctrina cristiana – Catecismo breve

1. Señor Dios, ten misericordia de nosotros. Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de nosotros. Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

2. Creo en Dios Padre todopoderoso, criador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Creo que fue concebido del Espíritu Santo y nació de la Virgen María. Creo que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Creo que descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de los muertos. Creo que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Creo que ha de venir de los cielos a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica. Creo en la comunión de los santos y en la remisión de los pecados. Creo en la resurrección de la carne. Creo en la vida. eterna. Amén.

3. Verdadero Dios, yo confieso de voluntad y corazón, como buen y leal cristiano, la Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, tres personas, un solo Dios. Yo creo firmemente, sin dudar, todo lo que cree la santa madre Iglesia de Roma, y también yo prometo, como fiel cristiano, vivir y morir en la santa fe católica de mi Señor Jesucristo. Y cuando a la hora de mi muerte no pudiere hablar, ahora, para cuando yo muriere, confieso a mi Señor Jesucristo con todo mi corazón.

4. Padre nuestro, que estás en los cielos; santificado · :ti’ sea el tu nombre; venga a nos el tu reino; hágase tu volun­tad así en la tierra como en los cielos. El pan nuestro de ·-cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así .¡. como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos ‘.; dejes caer en la tentación, mas Iíbranos de todo mal.

lS 5. Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de mi muerte. Amén.

6. Los mandamientos de la ley del Señor Dios son diez.

El primero es amara Dios sobre todas las cosas. El segun­do es no jurar el nombre de Dios en vano. El tercero es guardar los domingos y fiestas. El cuarto es honrar a tu padre y a tu madre, y vivirás muchos años. El quinto no matarás. El sexto no fornicarás. El séptimo es no hurtarás. El octavo es no levantarás falso testimonio. El nono es no desearás las mujeres ajenas. El décimo no codiciarás las cosas ajenas.

7. Dice Dios: los que guardaren estos diez mandamientos irán al paraíso. Dice Dios: los que no guardaren estos diez mandamientos irán al infierno.

8. Ruégoos, Señor mío Jesucristo, que me deis gracia hoy, en este día, en todo tiempo de mi vida, para guardar estos diez mandamientos.

9. Ruégoos, Señora mía Santa María, que queráis rogar por mí a vuestro bendito Hijo, Jesucristo, que me dé gracia hoy, en este día, todo el tiempo de mi vida, para guar~ dar estos diez mandamientos.

10. Ruégoos, Señor mío Jesucristo, que me perdonéis mis pecados que hice hoy, en este día, en todo el tiempo de mi vida, en no guardar estos diez mandamientos.

11. Ruégoos, Señora mía Santa María, Reina de los ángeles, que me alcancéis perdón de vuestro bendito Hijo. Jesucristo, de los pecados que hice hoy, en este día, en todo tiempo de mi vida, en no guardar estos diez man­damientos.

12. Los mandamientos de la Iglesia son cinco. El tlmero es oír misa entera todos los domingos y fiestas~e guar­dar. El segundo es confesarse el cristiano una vez en la Cuaresma o antes, si se espera entrar en algún peligro de muerte. El tercero es tomar comunión, por obligación, en día de Pascua, o antes o después, según la costumbre del obispado. El cuarto es ayunar, cuando lo manda la santa Iglesia, a saber, vigilias, cuatro Témporas y la Cuaresma. El quinto es pagar diezmos y primicias.

13. Díos te salve, Reína, Madre de misericordia, dulzura de la vida, esperanza nuestra, Dios te salve. A ti clama­mos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimien­do y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María. Amén. Ruega por nosotros, que seamos merecedores de las promesas de Jesucristo. Amén Jesús.

14. Yo pecador, muy errado, me confieso al Seño Dios y Santa María, a San Miguel, el ángel, a Juan Bautista, y a San Pedro y a San Pablo y Santo Tomás, y a todos los santos y santas de la corte de los cielos. Ya vos, Padre, digo mi culpa, que pequé grandemente por pensamiento y por palabra y por obra, del mucho bien que pudiera hacer que no hice, y del mucho mal de que me pudiera apartar, y no me aparté: de todo me arrepiento y digo a Dios mi culpa, mi grande culpa, Señor, mi culpa. Pido y ruego a mi Señora, Santa María, y a todos los santos y santas, que quieran rogar por mí a mi Señor Jesucristo, que me quiera perdonar mis pecado presentes, confesados, pasados y olvidados, y de aquí para adelante me dé su gracia, que me guarde de pecar y me lleve a gozar la gloria del paraíso. Amén.

15. Los pecados mortales son siete. El primero es soberbia. El segundo es avaricia. EL tercero es lujuria. El cuarto es ira. El quinto es gula. El sexto es envidia. El séptimo pereza.

16. Las virtudes morales contra los pecados mortales son siete. La primera es humildad contra la soberbia. La segunda es largueza contra avaricia. La tercera es castidad contra lujuria. La cuarta es paciencia contra la ira. La quinta es temperancia contra la gula. La sexta es caridad contra la envidia. La séptima es diligencia contra la pereza.

17. Las virtudes teologales son tres. La primera fe; la segunda esperanza; la tercera caridad.

18. Las virtudes cardinales son cuatro. La primera prudencia; la segunda fortaleza; la tercera templanza; la cuar­ta justicia.

19. Las obras de misericordia corporales son siete. La primera es visitar los enfermos. La segunda dar de comer a quien tiene hambre. La tercera dar de beber a quien tiene sed. La cuarta es redimir a los cautivos. La quinta es vestir a los desnudos. La sexta es dar posada a los peregrinos. La séptima es enterrar a los muertos.

20. Las obras de misericordia espiritual son siete. La primera es enseñar a los simples sin doctrina. La segunda, dar buen consejo a quien lo ha menester. La tercera es castigar a quien ha menester castigo. La cuarta es consolar a los tristes desconsolados. La quinta es perdonar al que ha errado. La sexta es sufrir las injurias con paciencia. La séptima es rogar a Dios por los vivos, que los guarde de pecados mortales, y por los muertos, que los saque de las penas del purgatorio y los lleve al paraíso.

21. Los sentidos corporales son cinco. El primero es ver. El segundo es oír. El tercero es oler. El cuarto es gustar. El quinto es palpar.

22. Las potencias del alma son tres. La primera memoria, la segunda entendimiento, la tercera voluntad.

23. Los enemigos del alma son tres. El primero es el mundo, el segundo es la carne, el tercero es el diablo.

24. Oración a la Hostia. Adórote, mi Señor Jesucristo, y bendígote pues por tu santa cruz redimiste el mundo y a mí. Amén.

25. Oración al cáliz. Adórote, sangre de mi Señor Jesucristo, que fuista derramada en la cruz por salvar a los pecadores y a mí. Amén.

26. iOh mi Dios!, poderoso y Padre piadoso, Criador de todas las cosas del mundo; en vos, mi Dios y Señor, pues sois todo mi bien, creo firmemente, sin poder dudar, que me tengo de salvar por los méritos infinitos de la muerte y pasión de vuestro Hijo Jesucristo, mi Señor, aunque los pecados de cuando era pequeño sean muy grandes, con todos los demás que tengo hechos hasta esta hora presente, pues es mayor vuestra misericordia que la maldad de mis pecados. Vos, Señor, me criasteis, y no mi padre ni mi madre, y me disteis alma y cuerpo y cuanto tengo. Y Vos, mi Dios, me hicisteis a vuestra semejanza, y no los pagodas, que son dioses de los gentiles en figura de bestias y alimañas del diablo. Yo reniego de todos los pagodas, hechiceros, adivinadores, pues son cautivos y amigos del diablo.

Oh gentiles, ¡qué ceguera de pecado la vuestra tan grande, que hacéis de Dios bestias y demonio, pues lo adoráis en sus figuras!

Oh cristianos, demos gracias y loores a Dios, trino y uno, que nos dio a conocer la fe y la ley verdadera de su Hijo Jesucristo.

27. Oh Señora, Santa María, esperanza a los cristianos, Reina de los ángeles y de todos los santos y santas que están con Dios en los cielos; a vos, Señora, y a todos los santos, me encomiendo, ahora y para la hora de mi muerte, que me guardéis del mundo, de la carne, del diablo, que son mis enemigos, deseosos de llevar mi alma a los infiernos.

28. Oh señor San Miguel, defiéndeme del diablo a la hora de mi muerte, cuando estuviere dando cuenta a Dios de mi vida pasada. Pesad, Señor, mis pecados con los méritos de la muerte y pasión de mi Señor Jesucristo, y no con mis pocos merecimientos: así seré libre del poder del enemigo e iré a gozar para siempre, sin fin de los fines.

39. A la bendición de la mesa. Bendecid: Resp.: El Señor. Bendíganos el Señor, Dios trino y uno, a nosotros y lo que hemos de comer. Bendigamos al Señor. Resp.: A Dios sean dadas las gracias. Vers.: Alabanza a Dios, paz a los vivos, descanso a los difuntos. Amén. Dios nos junte en el paraíso. Amén.

Índice de Reforma o apostasía

(521) Apocalipsis (y IV). Final grandioso: Christus vincit. Con María...

Vie, 2018-11-23 03:54

He de confesar que sabía yo muy poco de este libro. Ahora, al menos, sé algo.

–Por cierto: ¿cuánto tiempo lleva usted sin confesar? El Señor le llama al sacramento.

 

–La Ciudad del Diablo, Babilonia, cae vencida por Cristo

El mundo que adora maravillado a la Bestia, potenciada por el Diablo; el mundo que lleva el sello de la Bestia diabólica marcado en la frente y en la mano, es figurado en el Apocalipsis comoLeer más... »

(520) Apocalipsis (III). Los cristianos viven hoy en Babilonia. «Sal, pueblo mío»

Mar, 2018-11-13 05:14

 

–La realidad es que hoy el mundo, rechazando a Cristo, se ha degradado miserablemente.

–Y no es rara la Iglesia local descristianizada que no sabe que vive en Babilonia porque está mundanizada. Como la Iglesia de Sardes, tiene nombre como de viviente, pero está muerta (+Ap 3,1).Leer más... »

(519) Apocalipsis (II). –7 cartas, 7 trompetas y 2 Bestias

Vie, 2018-11-09 03:17

 

–Pero bueno, todo esto serán como símbolos y parábolas ¿no?

–Craso error. «Apocalipsis de Jesucristo, que para instruir a sus siervos sobre las cosas que han de suceder pronto ha dado Dios a conocer por su ángel a su siervo Juan» (Ap 1,1).

 

–Visión inicial del Cristo glorioso, Señor del cielo y de la tierra

A los que hablan de «Jesús de Nazaret», sin mencionar apenas su divinidad; a quienes ven a Jesús como un hombre tan unido a Dios que puede decirse divino, sin que sea Dios; a los que pasan ante el Sagrario como si nada tuviera dentro; a quienes son incapaces de arrodillarse ante la Eucaristía, y por supuesto a todos los cristianos, ha de abrirles los ojos la visión del Cristo glorioso que se le presentó el apóstol San Juan en la isla de Patmos hacia el año 68. Cito extractando:Leer más... »

(518) Apocalipsis (I). «Vengo pronto» – «Nuevos cielos y nueva tierra»

Mié, 2018-10-31 05:03

 

–Todo eso ya lo he leído en su blog.

–[Qué hombre…] En 9 años llevo más de 500 articulos, y hay varios en los que he tratado del Apocalipsis en algún subtítulo. Pero esta vez, tal como está el patio, quiero exponer más ampliamente la Revelación de Jesucristo, uno de los libros más grandiosos del N. T., y quizá el más ignorado.Leer más... »

(517) InfoCatólica, apologia pro vita sua. Carta a blogueros y lectores

Dom, 2018-10-21 05:04

To be, or not to be….

–Datisdecuestion.       

 

Ante todo un gran abrazo

a blogueros y colaboradores escribientes, y a los lectores y comentaristas de InfoCatólica. ¡Y a los donantes, que hacen posible nuestra perduración! Un abrazo de agradecimiento y afecto tanto a los que confeccionan InfoCatólica como a los que la consumen asiduamente. Unos y otros han de estar en  ella como en su casa. Añadid a estas gratitudes concisas todo lo bueno que se os ocurra. Yo no me alargo… para no alargarme.Leer más... »

(516) Evangelización de América. 52, México. Franciscanos. Fray Margil de Jesús, el de los pies alados (y II)

Sáb, 2018-10-13 23:46

 

–En esta serie sobre la Evangelización de América nos describe usted unas «misiones» que son muy diferentes de muchas de las actuales. ¿Cuál es el modelo verdadero?

–Buena pregunta. La contesto en mi breve estudio Las misiones católicas, donde expongo cómo entiende la Iglesia «las misiones» (el N.T., la tradición, el Magisterio apostólico). Y éste fue uno de los primeros temas del presente blog.

Colegio de la Santa Cruz, en Querétaro

El 22 de abril de 1697 llegó fray Margil a Querétaro, nombrado guardián del Colegio de Misiones. En el camino real le esperaba su comunidad. Había salido a recibir al famoso misionero, que había partido a evangelizar hacía trece años. Los frailes le vieron lle­gar «tostado de soles, con un hábito muy remendado, el sombrero col­gado a la espalda, y en la cuerda, pendiente, una calavera».Leer más... »

(515) Evangelización de América. 51, México. Franciscanos. Margil de Jesús, el fraile de los pies alados (I)

Sáb, 2018-10-06 23:49

–Caminó 950 kilómetros en diez días… No me lo creo.

–Son datos afirmados por compañeros suyos. No veían en él un atleta excepcional, sino un santo en el que el Señor hacía milagros.Leer más... »

(514) Evangelización de América. 50, México. Jesuitas ensanchadores de México (y IV). California

Vie, 2018-09-28 04:57

–Los padres de México fueron sobre todo los misioneros de Cristo.

–Por una vez, y sin que siente precedente, estamos totalmente de acuerdo.

 

6.–Misión de California

 

California inconquistable

Durante casi dos siglos, hasta fines del XVII, Cali­fornia se mantuvo ajena a México, apenas conocida, y desde luego incon­quistable. Ni se sabía si era isla o península. Hernán Cortés fue el descubridor de California, así llamada por primera vez en 1552 por su capellán, el historiador Francisco López de Gómara (calida fornax, horno ardiente).

Dos expediciones organizadas por Cortés, otra conducida por él mismo en 1535, y una cuarta en la que confió el mando a Francisco de Ulloa, sirvieron para descubrir California, pero se mostraron incapaces de poblarla. Aquella era tierra inhabitable, áspera y estéril, en la que no podían mantenerse los que pretendían poblarla, pues a los meses se veían obligados a regresar a México. El Virrey Mendoza intentó de nuevo su conquista, y des­pués Pedro de Alvarado y Juan Rodríguez Cabrillo. Felipe II, ante el peligro que corría Califor­nia a causa del pirata Drake, mandó poblar aquella región. Sebastián Vizcaíno fundó enton­ces el puerto de la Paz, pero en 1596 hubo que desistir de la empresa una vez más. Felipe III da la misma orden, Vizcaíno funda Monterrey, y regresa con las manos vacías en 1603. Años después, en 1615, se da licencia al capitán Juan Iturbi, sin resultados. Ortega, Carboneli y otros fracasaron igualmente en los años siguientes. El impulso que parecía decisivo para po­blar California fue conducido, con grandes medios, por el almirante Pedro Portal de Casanate en 1648, pero también sin éxito.

Carlos II, en fin, ordena un nuevo intento, y en 1683 parten dos naves con­ducidas por al almirante Atondo, y en ellas van el padre Kino y dos jesuitas más. Pero tras año y medio de trabajos y misiones, se ven obligados to­dos a abandonar California. Fue entonces cuando una junta muy compe­tente reunida en México por el Virrey, después de 20 expediciones maríti­mas realizadas en casi dos siglos, declaró que California era inconquis­table.

El padre Baegert, que sirvió 17 años en la misión de San Luis Gonzaga, dice que California «es una extensa roca que emerge del agua, cubierta de inmensos zarzales, y donde no hay praderas, ni montes, ni sombras, ni ríos, ni lluvias» (+Trueba, Ensanchadores 16). En realidad existían en la península de California algunas regiones en las que había tierra cultivable, pero con frecuencia sin agua, y donde había agua, faltaba tierra… Por eso hasta fines del XVII la exploración de California se hacía normalmente en barco, costeando el litoral. Las travesías por tierra a pie o a caballo, con aquel calor ardiente, sin sombras y con grave escasez de agua, resultaban ape­nas soportables.

 

–Los californios

Sin embargo, los indios californios vivían, malvivían, en aquellas tierras. Eran nómadas, dormían sobre el suelo, y casi nunca tres noches en el mismo lugar. Andaban desnudos, las mujeres con una especie de cinturón, y no tenían construcciones. Su alimentación era un prodigio de supervivencia: comían raíces, semillitas que juntaban, algo de pescado o de carne –grillos, orugas, murciélagos, serpientes, ratones, la­gartijas, etc.–, e incluso ciertas materias, como maderas tiernas o cuero curtido.

El padre Baegert cuenta que una vez vió cómo un anciano indio ciego despedazaba entre dos piedras un zapato viejo, y comía laborio­samente luego los trozos duros y rasposos del cuero. Echaban al fuego la carne o pescado que conseguían, sacándolo luego y comiéndolo «sin despellejar el ratón, ni destripar la rata, ni lavar los intestinos del ganado».

Más aún, cuenta que en la época de las pitayas [fruta exótica], que contienen gran canti­dad de pequeñas semillas que el hombre evacua intactas, los indios jun­taban los excrementos, recogían de ellos las semillas, las tostaban y mo­lían, y se las comían. Los españoles apelaban esta operación segunda cosecha o de repaso (Trueba, Ensanchadores 21). Quizá fue en estos indios en los que se inspiró Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) para elaborar el mito del Buen salvaje y de la idílica vida primitiva, en plena comunión con la naturaleza…

Los californios tenían tantas mujeres como podían, en ocasión tomadas de entre sus propias hijas. No tenían organización política o religiosa, y según fueran guaicuras, pericúes, cochimíes u otros, hablaban diversos idiomas. Eran unos cuarenta mil indios en toda la península, normalmente sucios, torpes y holgazanes.

Siendo así la tierra y siendo así los indios, nada justificaba los gastos y esfuerzos enormes que serían necesarios para poblar y civilizar California, empresa que, por lo demás, se mostraba imposible. Aquella tierra presen­taba un rostro tan duro y miserable que solamente los misioneros cristia­nos podían buscarla y amarla, pues ellos no buscaban sino la gloria de Dios y el bien temporal y eterno de los indios. Y así fue que los jesuitas, en 1697, entraron allí para servir a Cristo en sus hermanos más pequeños: «lo que hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Y cuando fueron expulsados en 1767, tenían ya 12.000 indios reunidos en 18 centros misionales.

 

–El padre Juan María Salvatierra (1644-1717)

El apóstol primero y principal de California fue el jesuita Juan María Sal­vatierra, nacido en Milán, de familia noble, en 1644. Llegó a México a los 30 años de edad, en 1675, con otros miembros de la Compañía. A partir de 1680, hizo durante diez años una gran labor misionera en Chínipas. En 1690 fue nombrado Visitador, y al año siguiente visitó la misiones de Sonora, donde habló de California largamente con el padre Kino. Desde entonces el padre Salvatierra hizo cuanto pudo para que se intentase de nuevo la evangelización de California, y siguiendo una inspiración del venerado misionero padre Zappa, hizo pintar el tránsito de la Casa de la Virgen de Loreto por los aires, con los indios californios en actitud de espera y aco­gida.

Por fin, en 1697 consiguió Salvatierra licencia real para intentar la evan­gelización de California, con la condición de no hacer gasto alguno a costa de la Real Hacienda, y de tomar posesión de aquellas tierras en nombre de la Corona. A los misioneros se les concedió como escolta un pequeño número de soldados, que habían de ser mantenidos por la propia misión. El padre Kino, retenido a última hora en la Pimería, no pudo acompañar a Salvatierra, que partió con el padre Francisco María Píccolo, misionero doce años en la Tarahumara.

Señalaré una vez más que en esta misión de California, como en tantas otras, hubo laicos cristianos que con su celo apostólico hicieron posible la empresa, suministrando a fondo perdido los medios económicos necesarios. Alonso Dávalos, conde de Miravalles, y Mateo Fernández de la Cruz, marqués de Buena Vista, juntaron con otros caballeros cristianos 17.000 pesos. El vecino de Querétaro, don Juan Caballero de Ozio, contribuyó con 20.000; la Congregación de los Dolores, de México, con 10.000; y don Pedro Gil de la Sierpe, tesorero de Acapulco, ofreció una lancha grande y una galeota de transporte (Trueba 28). Más adelante ayudó también el marqués de Villa Puente, «cuyos cofres siempre estaban abiertos para la misiones de California y China» (50).

Las misiones lograron en California evangelizar y civilizar, después del fracaso de veinte expediciones civiles o militares, a veces muy potentes. La armada del Señor que había de hacer la conquista espiri­tual de California estaba compuesta por dos jesuitas, cinco soldados con su cabo, y tres indios, de Sinaloa, Sonora y Guadalajara, más treinta va­cas, once caballos, diez ovejas y cuatro cerdos –que, por cierto, hubieron éstos de ser sacrificados, pues inspiraban a los indios un terror invenci­ble–.

 

–Nuestra Señora de Loreto

El 19 de octubre de 1697 desembarcó la expedición misionera en la costa californiana, frente a la actual isla del Carmen, y una vez plantada una cruz y entronizada la imagen de Nuestra Señora de Loreto, establecie­ron lo que había de ser Loreto, la misión central de California.

Los primeros contactos con los indios que se acercaron fueron ambi­guos. A los que se acercaban de paz, les daban de comer diariamente pozole o maíz cocido. A los de guerra, hubo en alguna ocasión que espan­tarlos a tiros, y murió alguno. La intervención del buen cacique de San Bruno, que trece años antes se había hecho amigo del padre Kino, facilitó mucho las cosas. Y en noviembre llegó el padre Píccolo, que había de ser durante 31 años uno de los puntales de la misión.

En seguida iniciaron tareas de construcción y de doctrina. Pero muy pronto vieron que el problema primario eran los abastecimientos. Los misioneros, incapaces de hacerse a la dieta de los indios californios, apenas subsistían con legumbres secas y leche de cabra, con algo de pescado seco en Cuaresma. El mismo padre Salvatierra tuvo momentos de desánimo:

«Escribo esta relación sin saber si la acabaré de escribir, porque a la hora que la escribo nos halla­mos aquí con bastantes necesidades, por falta de socorro; y como cada día van apretando más, y yo soy el más viejo del Real de Nuestra Señora de Loreto, daré el tributo primero, cayendo como más flaco en la sepul­tura» (Trueba 32).

Las solicitudes urgentes a México no recibían normalmente otra res­puesta que la negativa o el silencio administrativo. Muy de tarde en tarde, la llegada de algún barco de socorro –el San José, el San Xavier, el San Fermín–, enviado por los amigos jesuitas o seglares, hacía posible la prolongación de la aventura… En 1699 pudieron los misioneros salir a ex­plorar la tierra, y en lugar adecuado fundaron la misión de San Francisco Xavier.

 

–Prosigue el empeño misional entre grandes dificultades

En 1701 el padre Salvatierra hubo de pasar a México para recabar más ayudas. Fue entonces cuando, con el padre Kino, descubrió que California era una península. Nuevos misioneros se sumaron a la empresa: los padres Manuel Basaldúa, michoacano; Jerónimo Minutuli, italiano de Cer­deña, y sobre todo el gran apóstol Juan de Ugarte, nacido en Honduras de padres vascos. Era éste un misionero de una firmeza apostólica absoluta. En una ocasión realmente desesperada, cuando el mismo Salvatierra proponía ya dejarlo todo, Ugarte se fue a la iglesia, y a los pies de la Vir­gen de Loreto hizo voto de no desamparar la misión como no fuera por mandato de obediencia. Y allí con él siguieron todos…

Un soldado de la escolta tenía autoridad civil sobre los indios, pero el gobierno de éstos lo lleva de hecho el misionero, que nombraba entre ellos gobernador, fiscal de la Iglesia y maestro de escuela. Con enorme paciencia, los misioneros debían enseñar a los indios cali­fornios la doctrina cristiana, las oraciones y los sacramentos. Y lo que resul­taba más difícil, tenían que acostumbrarles a trabajar, cultivar la tierra, criar ganado, construir iglesias y casas, escuelas y almacenes. Además de esto, los misioneros habían de vestir a los indios y cuidarlos si caían enfermos.

El trabajo y las necesidades eran, pues, innumerables. Al principio, los misioneros sustentaban a todos los indios que se reducían al pueblo misional. Una vez reunidos en comunidad estable e instruídos en los trabajos, mantenían sólo a los gentiles que iban a catequizarse. Y los domingos se daba de comer a cuantos acudían a misa. Cuando el suministro alimentario desaparecía, fácilmente los indios abandonaban la misión…

Por lo demás, muy escasas eran las ayudas recibidas de México, aun­que los amigos de la misión formaron un Fondo Piadoso de las Califor­nias, y hubo haciendas en la Nueva España destinadas a la ayuda de la obra misionera. Por eso pronto comprendieron los misioneros que su labor sólo podría prolongarse si lograban una autosuficiencia económica. Soea­mente un trabajo enorme podría sacar adelante aquella aventura misional que parecía imposible.

 

–El padre Ugarte (1660-1730)

En estos trabajos sobresalió el padre Ugarte, que en la misión de San Xavier vino a ser el pro­curador principal de las otras misiones más pobres. Una vez celebrada la Misa, y rezadas las oraciones, daba el desayuno a los indios, y se iba luego con ellos a la fábrica de la iglesia, a los desmontes de terreno, los cultivos y demás lugares de trabajo. Los indios no hacían sino lo que el misionero iba haciendo antes que ellos. O en ocasiones se quedaban viendo a los que trabajaban, riéndose y haciendo bromas, incapaces de ver utilidadalguna a cualquier acción –por ejemplo, hacer adobes– que no diese una ventaja absolutamente inmediata.

Aun siendo las condiciones tan adversas, los indios se fueron acostum­brando al trabajo, y grandes obras se fueron llevando adelante. Se llena­ron precipicios, se llevó tierra donde había agua y se hizo llegar el agua a donde había tierra, se multiplicó grandemente el ganado caballar y lanar. Los indios aprendieron a cardar la lana, hilarla y tejerla. Ugarte mismo fa­bricó las ruecas, tornos y telares, y consiguió que un tejedor de Tepic (Nayarit, México), con sueldo, viniera a enseñar su arte a los indios. Procuró a los indios, además de las tierras comunales, gallinas, cabras, ovejas y sementeras propias, donde cosechaban maíz, calabazas y otros frutos.

El ejemplo de Ugarte en San Xavier fue seguido en las demás misiones californianas. Las misiones jesuitas de California, de 1697 a 1768, subsistieron por sus propios trabajos y por las ayudas particu­lares de buenos cristianos laicos. Y así en 1707, año de gran sequía y es­casez en la Nueva España, el padre Ugarte podía escribir en una carta:

«Gracias a Dios, ya va para dos meses que comemos aquí con la gente de mar y tierra buen pan de nuestra cosecha de trigo, pereciendo los po­bres de la otra banda, así en Sinaloa como en Sonora. ¿Quién lo hubiera soñado? Viva Jesús y la Gran Madre de la Gracia, y su Esposo, obtenedor de imposibles» (Trueba 39).

 

–Más Misiones

Nuevas misiones van naciendo, Santa Rosalía de Mulegé, Ligui, Guada­lupe, La Purísima, San Ignacio, San José de Comondú, San Juan… El pa­dre Salvatierra es nombrado Provincial de los jesuitas, pero logra en 1707 liberarse de su cargo y volver a California. Las iglesias, algunas muy her­mosas, se alzan en todas las misiones, cambiando la fisonomía de la pe­nínsula, y ninguna tenía menos de tres campanas, «que no hacen mala música cuando se tira de ellas».

Pronto fueron quedando inútiles los barcos San José y San Fermín, y como único medio de transporte quedó la pobre lancha San Xavier, que en 1709 enca­lló durante una tempestad, fue desmantelada y ente­rrada por los indios seris, y recuperada tras dos meses de grandes traba­jos. Por ese tiempo, una terrible epidemia de viruela diezmó a los califor­nios, especialmente a los niños.

 

–Un barco construido en California

En 1717 murió el padre Salvatierra. Había viajadoa México para tratar asuntos de la mi­sión, y allí desfalleció, en Guadalajara, a los 71 años, agotado y lleno de méritos. Fue sepultado en la Capilla de Loreto que él mismo había edificado. El padre Ugarte le sucedió al frente de las misiones de California.

La dificultad de comunicación marítima entre la península y el puerto de Guaymas, en Sonora, era entonces uno de los problemas más graves y urgentes. Por esas fechas, ya sólo quedaba en servicio la veterana lancha San Xavier, que hacía tiempo que venía pidiendo la jubilación. El padre Ugarte, en la imposibili­dad de conseguir un barco de México, decidió, ante el asombro de mu­chos, armar un barco en California, donde no había maderas ni clavos, jarcias ni brea, ni menos oficiales expertos en la construcción.

Sin em­bargo, él trajo a Loreto constructor y oficiales, y habiendo oído que 70 le­guas al norte había una zona de árboles grandes, allí se fue con su gente, y en cuatro meses de trabajos de tala y arrastre, al tiempo que catequizaba a los indios de la zona, se consiguió la madera precisa. Finalmente, y en breve tiempo, pudo ser botada en 1720 la balandra Triunfo de la Cruz, que sirvió a la misión en 120 travesías durante 25 años.

En ese mismo año, se inició la evangelización de los guaycuros, en la bahía de La Paz, al sur de Loreto, y se fundó la misión de Guadalupe Gua­sinapi, establecida allí donde el padre Ugarte evangelizó mientras se cor­taban troncos. En los años siguientes se fundaron nuevas misiones: Ntra. Señora de los Dolores, Santiago de los Coras, San Ignacio Kadakaamán, Cabo de San Lucas, Santa Rosa de las Palmas, San José del Cabo…

 

–Sangre de mártires

El padre Francisco María Píccolo murió en 1729, a los 79 años, en Loreto, después de 32 años de misión en la península. Y en 1730 falleció el gran padre Ugarte, a los 70 años, y 30 de misión californiana. Pocos años des­pués otros sacerdotes consumaron allí también la ofrenda de sus vidas, esta vez con una muerte martirial. En aquellos años, apenas tenían pro­tección militar los misioneros de aquella zona: en La Paz había dos solda­dos, otros dos en Santa Rosa, ninguno en San José del Cabo…

Así las co­sas, unos mulatos y mestizos, que habían sido dejados por piratas y mari­nos extranjeros en la costa sur, encendieron en las rancherías de los indios pericúes, entre Santiago y San José, el fuego perverso de la rebelión, que fue creciendo hasta hacerse un gran incendio. Cuatro misiones fueron arra­sadas, y estuvieron en grave peligro todas las de California.

A primeros de octubre de 1734, los indios conjurados llegaron un día a Santiago poco después de que el padre Carranco celebrara su misa, ca­yeron sobre él, lo mataron con flechazos y golpes de palos y piedras, profanaron su cadáver y lo quemaron. De allí pasaron a San José, donde hicieron lo mismo con el padre Tamaral. Otro jesuita, el padre Taveral huyó a la Bahía de la Paz, y los asesinos que le buscaban para matarle, desahogaron su frustración matando a 27 cristianos y catecúmenos… To­dos los demás misioneros, por orden del Visitador, se acogieron al fuerte de Loreto a comienzos de 1735.

Avisado el virrey, que era el arzobispo Vizarrón, enemigo de los jesuitas, nada hizo para socorrer las misiones amenazadas. El auxilio vino de la nación yaqui, fiel a los misioneros cristianos. 600 guerreros se ofrecieron para la defensa, pero sólo 60 fueron elegidos para embarcarse y atrave­sar el golfo de California. Con esto se contuvo la rebelión, y más cuando no mucho después el virrey y el gobernador de Sinaloa enviaron tropas que establecieron un fuerte en San José del Cabo. A petición de los indios, los misioneros volvieron entonces a sus misiones, que recuperaron su vida normal, y aún fundaron años después las de Santa Gertrudis (1752), San Borja (1762) y Santa María de los Ángeles (1766).

Después de casi dos siglos de fracasadas empresas civiles y militares, 52 misioneros jesuitas lograron en 72 años (1697-1768) la conquista espiritual y la civilización de la península de California, y con la gracia de Cristo establecieron en ella 18 misiones.

 

–Expulsión de los jesuitas

Por esos años, después de tantos trabajos y sufrimientos, después de tanta sangre martirial, las misiones de la Compañía, también en las regio­nes más duras, como California o la Tarahumara, vivían una paz flore­ciente. Sin embargo, «el tiempo se estaba acabando para los jesuitas es­pañoles en América, así como se había terminado para sus hermanos portugueses y franceses. Expulsados de Brasil en 1759 y de las posesio­nes francesas en América en 1762, los jesuitas de las colonias españolas eran objeto de muchas críticas y de acre enemistad en contra de ellos» (Dunne 321).

Como había sucedido en otras cortes borbónicas, también en la de España los favoritos de la corte y los ministros, masones y liberales, con las intrigas del primer ministro conde de Aranda, determinaron que el rey Carlos III expul­sara a los jesuitas en 1767 de todos los territorios hispanos.

El 24 de junio de 1767 el virrey de México, ante altos funcionarios civiles y eclesiásticos, abrió un sobre sellado, en el que las instrucciones eran ter­minantes: «Si después de que se embarquen [en Veracruz] se encontrare en ese distrito un solo jesuita, aun enfermo o mori­bundo, sufriréis la pena de muerte. Yo el Rey».

Cursados los mensajes necesaruos a todas las misiones, fueron acudiendo los misioneros a lo largo de los meses. Los jesuitas, por ejemplo, que venían de la lejana Tarahumara se cruza­ron, a mediados de agosto, con los franciscanos que iban a sustituirles allí –como también se ocuparon de las misiones abandonadas en California y en otros lugares–, y les informaron de todo cuanto pudiera interesarles. Llegados a la ciudad de México, obtuvieron autorización para visitar antes de su partida el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La gente se apretujaba a saludarles en la posada en que estaban concentrados. El jesuita polaco Sterkia­nowsky escribía: «Parecía increíble el entusiasmo con que venían a visitarnos desde México. Si tratara de exagerar, no llegaría a hacerlo». Poco antes de Navidad, cuenta Dunne, unidos a otros jesuitas que venían de Argentina y del Perú, «partieron enfermos y tristes, abando­nando para siempre el Nuevo Mundo. Salieron de América para vivir y morir en el destierro, le­jos de sus misiones queridas y de sus hijos e hijas, sus neófitos» (330).

 

–Misioneros ensanchadores de México

Hemos recordado aquí la inmensa labor misionera realizada en México por la Compañía de Jesús con los indios tepehuanes, los de Sionaloa y Chínipas, los de Tarahumara, Pimería y California. Pero los jesuitas lleva­ron adelante, en condiciones de similar dureza, otras muchas misiones en­tre laguneros, acaxees y xiximíes, yaquis, mayas y yumas, los indios del Nayarit y tantos otros.

Por eso hemos de afirmar que todas esas regiones son actualmente México gracias a los misioneros jesuitas, que ensancharon la patria mexi­cana con su grandioso esfuerzo evangelizador. Y de franciscanos, domini­cos, agustinos y otros religiosos hay que decir lo mismo: los misioneros fueron los principales creadores del México actual.

Sin embargo, hoy ve­mos en las ciudades de aquella nación pesadas estatuas, en el más puro estilo del brutal realismo soviético, dedicadas a Juárez, Obregón o Carranza, pero apenas hallaremos ningún recuerdo de estos santos misioneros, los verdaderos padres de la patria mexicana…

Nos conforta saber que la verdad de la historia humana, como queda grabada en el corazón de Dios providente, está escrita con páginas indelebles. Concluimos, pues, con las palabras del mexicano Alfonso Trueba en su obra Ensanchadores de México (66):

«Pensamos en la grandeza moral que encierran las páginas de nuestra historia, de esa historia que el pueblo mexicano desconoce porque se la han ocultado. Y pensamos que México es una nación hecha por santos. Sus destructores han querido y quieren que se la lleve el dia­blo, pero esos santos han de volverla a su antiguo destino, y han de sal­varla. Dios lo quiera».

 

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

 

 

(513) Evangelización de América. 49, México. Jesuitas ensanchadores de México (III). Pimería

Lun, 2018-09-24 00:01

 

 

–Seguro que a fines del siglo XVII, cuando fueron evangelizados, eran distintos.

–Sí, seguro: muy diferentes. El Evangelio y la civilización cristiana, es decir, Cristo, verifican, liberan, dignifican al ser humano, personas, familias  y pueblos.

5.–Misión de Pimería

Al noroeste de México, la Alta Pimería comprende el norte de Sonora y el Sur de Arizona, y es tierra fértil y clima templado. Todos los indios de esa región, pimas, sobaspapabotas y tepo­cas, a fines del XVII, vivían todavía comple­tamente al margen de México, la Nueva España.

 

–El padre Eusebio Kino (1645-1711)

El evangelizador primero y principal de la Pimería fue el padre Eusebio Kino, nacido en Segno de familia noble trentina, en el año 1645. Él mismo castellanizó, o pimerizó, su apellido familiar, Chini –que se pronuncia Quini–, dejándolo en Kino. Hemos conocido su vida por su escrito Favo­res celestiales (+Aventuras y desventuras del padre Kino en la Pime­ría), en el que narra su vida misionera, y por la obra de Alfonso Trueba, El padre Kino, misionero itinerante y ecuestre.

En 1665, a los 20 años, ingresó Kino en la Compañía de Jesús, estudió filosofía y teología en la universidad de Ingolstadt, y de tal modo sobresa­lió en la ciencia matemática que el Duque de Baviera le ofreció esta cáte­dra en la misma universidad.

Pero, como él mismo refiere, «siempre más me incliné y solicité con los superiores mayores en Roma el venir más bien a enseñar las doctrinas cristianas y verdades evangélicas de nuestra santa fe católica a estos pobres infieles tan necesitados para que con no­sotros se salven y nos ayuden a alabar a nuestro piadosísimo Dios por toda la eternidad» (Aventuras 79-80).

Así las cosas, en 1678 se unió en Génova a una expedición de 17 jesuitas destinados a la Nueva España (México), entre ellos los padres Neuman y Ratkay, que habían de ser famosos mi­sioneros en la Tarahumara. Hubo de permanecer en España dos años, que aprovechó para aprender el castellano, y allí conoció a la Duquesa de Aveiro, madrina de muchos misioneros.

Conviene señalar que para la evangelización de las Indias, y concreta­mente de la Nueva España, desde un comienzo llegaron con frecuencia hombres muy cultos, procedentes de las principales universidades de Eu­ropa, y no pocas veces de familias nobles. Y también es oportuno recordar que por entonces, todavía hacia el 1700, aquellos hombres eran, más que españoles o portugueses, alemanes o franceses, ciudadanos de la Cris­tiandad, pues sólo más tarde, con la secularización de las identidades na­cionales, se fueron creando Estados particulares, completamente cerrados en sí mismos.

 

Baja California

En 1679, la Corona española había ordenado que se poblara California, encomendando la evangelización de ésta a la Compañía de Jesús. A comienzos de 1681, con 36 años de edad, llegó el padre Kino a México. Nombrado cosmógrafo de la expedición conducida por el almirante Atondo, en 1683, embarcó el padre Kino en Sinaloa, con cien hombres más, y entre ellos los padres Juan Bautista Copart y Pedro Matías Goñi. Fondearon en La Paz, al sur de la península, y más tarde en otra ensenada que llamaron San Bruno.

En el año y medio que duraron allí, los padres aprendieron dos lenguas, y se dedicaron a enseñar la doctrina y las oraciones a los indios. Pero, contra la voluntad de los misioneros, se tomó la decisión de abandonar la península, pues ni conseguían allí modo de procurarse alimentos, ni había desde México una vía regular para ha­cerles llegar bastimentos.

 

–La misión de Nuestra Señora de los Dolores

Vuelto Kino a la capital, se propuso establecer misiones en Sonora, desde las cuales podría más tarde apoyar la conquista espiritual de la península de Califor­nia. Conseguidas las licencias, antes de partir, hizo gestiones a fines de 1686 para que durante 5 años los indios convertidos a la fe estuvieran exentos del trabajo en minas o haciendas de españoles. Ignoraba que las Leyes de Indias tenían concedida ya esta exención por 10 años, y que el rey Carlos II (1665-1700) acababa de prorrogarla por 20.

En 1687, con 43 años, el padre Kino partió a caballo desde Guadalajara, y en Oposura (hoy Moctezuma, Sonora) se reunió con dos ancianos jesuitas misione­ros, los padres Manuel González y Aguilar. Con ellos cabalgó para explo­rar al norte la zona todavía no evangelizada, y llegaron hasta Cucurpe, la última iglesita del mundo cristiano mexicano, donde vivía el padre Aguilar. Siguieron adelante hasta Cosari, lugar del cacique Coxi, ya en plena Pime­ría, y en aquel hermoso valle del río San Miguel estableció el padre Kino la misión de Nuestra Señora de los Dolores.

Poco después, con el padre Aguilar, plantó más al norte las misiones de San Ignacio, San José de Imu­ris y Remedios. Ya solo el padre Kino, desde la misión de Dolores, se aplicó a dar vida cristiana a aquellas poblaciones misionales nacientes. El cacique Coxi, que extendía su autoridad por toda la zona, «pima sagaz, maduro, sólidamente cristiano y deseosísimo del bien de su nación», apoyó siempre su acción misionera, que fue prosperando rápidamente, como el mismo padre Kino lo refiere:

La misión de Dolores «es un hormiguero donde con todo gusto y buena voluntad los naturales hacen adobes, puertas, ventanas… Las campanas que vinieron de México las colo­camos ahora en la capillita que hicimos al principio. Los naturales gustan mucho de oir sus to­ques, nunca oídos antes por estas tierras. Gústanles mucho también las pinturas y ornamentos sagrados». Lo primero de todo, en efecto, se construía siempre la iglesia, aunque fuera de modo muy rudimentario, y en cuanto era posible las campanas tañían desde su espadaña. Y el pueblo se iba formando en torno a la iglesia y la plaza. A los seis años de fundada la misión de Dolores escribía el P. Kino:

«La Misión tiene su iglesia bien provista de ornamentos, cálices, campanas, etc. También gran cantidad de ganado mayor y menor, bueyes de labranza, huerta con diferente clase de verdura, árboles frutales de Castilla, uvas, duraznos, membrillos, higos, granados, peras y albaricoques. Los herreros tienen sus fraguas, el carpintero su taller, los arrieros sus arreos, los cosecheros su molino de agua, varias clases de semilla, abundantes cosechas de trigo y maíz y otras muchas cosas, sin hablar de la cría de caballos y mulas, que no poco se necesitan para el uso de la Misión, las nuevas expediciones y conquistas y para comprar regalos con qué atraer, ayudando la gracia de Dios, a los naturales y ganar sus al­mas».

Imuris y Remedios fueron creciendo al mismo tiempo que Dolores. Y con la llegada de cuatro nuevos misioneros, los padres Sandoval, Castillejo, Pinelli y Arias, pudieron establecerse más poblados misionales, como Magdalena, Tubutama, Oquitoa y el Tupo.

 

Salvatierra y Kino

En 1690 llegó a Dolores el padre Juan María Salvatierra, visitador de estas misiones, el que había de conquistar California para la fe, y el padre Kino le llevó a conocer las misiones de Pimería, para que con sus propios ojos viera que eran indios de paz, y que la acusación frecuente entre los capitanes españoles de que los pimas habían levantado a janos y apa­ches era completamente falsa.

En este encuentro Kino le habló mucho al padre Salvatierra de California, le entregó un catecismo y un pequeño diccionario de la lengua indígena que compuso cuando allí estuvo, y le propuso que desde la fértil Pimería se asistieran las futuras misiones de la estéril California.

 

Nuevas misiones de la Pimería

A fines de 1692 sale el padre Kino de expedición acompañado de indios y cincuenta mulas de carga. Llegó al pueblo de Bac, y allí plantó la misión de San Javier. Él mismo cuenta cómo transcurrió este encuentro con los sobaipuris, y por este relato podemos imaginar cómo habrían sido más o menos sus otras fundaciones misionales:

«La entrada fue de más de 80 leguas de camino muy llano; encontré a los naturales muy afables y amigables, y en particular en la principal ranchería de San Javier del Bac, que tiene como 800 almas. Les hablé la palabra de Dios, y en el mapa mundi les enseñé las tierras y los ríos y los mares por donde los padres veníamos desde muy lejos a traerles la saludable ense­ñanza de nuestra santa fe, y les dije cómo también los españoles antiguamente no eran cris­tianos, y que vino Santiago a enseñarles la fe, que al principio, en catorce años, no pudo bau­tizar más que unos pocos, de lo cual el santo apóstol estaba desconsolado; pero que se le apareció la Virgen Santísima y le consoló diciéndole que aquellos pocos convertirían a los demás españoles, y los españoles convertirían las demás gentes en todo el mundo. Y les en­señé en el mapa mundi cómo los españoles y la fe habían venido por la mar a Veracruz y en­trado a la Puebla y México y a Guadalajara y a Sinaloa y a Sonora y ahora a sus tierras de los pimas, a Nuestra Señora de los Dolores del Cosari, adonde ya había muchos bautizados, casa e iglesia, campanas y santos, muchos bastimentos, trigo y maíz, muchos ganados y mucha caballada, que todo lo podían ir a ver y aun desde luego preguntar a sus parientes mis sirvien­tes que allí iban en mi compañía. Éstas y las demás pláticas de las cosas de Dios y del cielo y del infierno las oyeron con gusto, y me dijeron que querían ser cristianos, y me dieron unos párvulos a bautizar. Están estos sobaipuris en un grandioso valle del río de Santa María, al poniente» (Aventuras 11-12).

En 1693 se fue el padre Kino a los indios sobas, vecinos y enemigos mortales de los pimas. En el lugar principal de esta nación fundó la misión de Nuestra Señora de la Concepción de Caborca, y logró la reconciliación entre los indios sobas y los pimas. Más al norte, en 1694, fundó Encarna­ción y San Andrés.

 

Martirio del padre Saeta

En ese año de 1694 el padre Kino instaló en Caborca al jesuita siciliano Francisco Javier Saeta, que pronto se hizo querer por sus indios feligreses, a los que se dedicó por entero. Y al poco tiempo estalló en la misión de Tubutama una revuelta que iba a destruirla. El padre Daniel Janusque, mi­sionero de aquel pueblo, había traído para cuidar el ganado un indio ópata, que abusaba de su mando y maltrataba a los pimas. Estando un día ausente el padre misionero, el ópata, en un altercado con un pima, lo pateó con sus espuelas. Acudieron los pimas y le flecharon, mataron enseguida también a otros dos ópatas que venían de Caborca, y ya encendidos en la revuelta, dieron fuego a la iglesia.

Más tarde, se juntaron a los alzados de Tubutama otros indios descon­tentos de Oquitoa y Pitquín. Formaban una cuadrilla de unos 40, y entraron en Caborca el 2 de abril. «Dos cabecillas se llegaron al padre, que se ha­llaba en la iglesia y que los trató amablemente. Salió a despedirlos, y apenas fuera, los enemigos descubrieron sus arcos y le atravesaron de dos flechazos. Herido, entró en su aposento, se abrazó a un crucifijo que había traído de Europa, y debilitado por la hemorragia, sin socorro alguno, expiró» (Trueba, Kino39).

El padre Saeta había escrito el 10 de abril de 1695 una carta al padre Kino en la que, muy animoso, le contaba sus muchos trabajos. «En lo que toca –le decía– que nos veamos un día destos, vuestra reverencia podrá avisarme cuándo gusta, que, aunque yo hago aquí mu­chísima falta por lo mucho que estoy engolfado, sin embargo hurtaré ese rato, y como veloz saeta volaré a ponerme a los pies de vuestra reverencia y recibir sus mandatos y discurrir de medio mundo». Una vez cerrada la carta, en tono grave añadió en su exterior: «Se confirman las muertes de Martín y del muchacho». Eran sus arrieros ópatas. «Vuestra reverencia no me pierda de vista». Y añade el padre Kino en su crónica: esta carta «la recibo a las veintisiete horas de su santo martirio» (Aventuras 13-15).

 

Alzamiento y pacificación

La rebelión de los pimas de Tubutama se debió en parte a los malos tratos del capitán Antonio de Solís, que aplicaba duros castigos por leves penas e incluso había matado algún indio. Desgraciadamente, la autori­dad de Sonora le autorizó a él mismo para sofocar la incipiente rebelión, y este mal hombre, ofreciendo una falsa paz, hizo caer en una trampa a los pimas alzados, y mató a 48. Se alzaron entonces los pimas, y en Caborca, San Ignacio, San José, Magdalena, Tubutama y Oquitoa, quemaron las iglesias, ahuyentaron los ganados y destrozaron casas y sembrados…

De los fuertes de Nueva Vizcaya se juntó una tropa de 400 hombres, que a fines de 1695 acudieron a sofocar la rebelión. Bien conducidos por don Juan Fernández de la Fuente, y con la mediación pacificadora del padre Kino, pudo apagarse el incendio. Los pimas entregaron a las autoridades los homicidas del padre Saeta y los principales delincuentes, «que quedaron catequizados y bautizados y prevenidos para la muerte, aunque viéndolos tan humildes y tan arrepentidos, la paternal muy grande caridad del padre visitador Horacio Polici les alcanzó el perdón» (Aventuras 23,26). Cesaron las hostilidades, y se repoblaron las misiones.

«El capitán Solís, culpable de los trastornos, tuvo triste fin. Después de matar a su mujer, hallándose pobre y desvalido en México, fue muerto de un trabucazo» (Trueba, Kino 43).

 

Viaje a México

A fines de 1695, estando ya en paz la Pimería, se fue el padre Kino a México capital. «En siete semanas, cuenta él mismo, camino de 500 leguas, llegué a México el 8 de enero de 1696. Fue Dios servido que yo pudiese decir misa todos los días deste viaje» (Aventuras 26). Fue un viaje de unos 2.800 kilómetros. Allí defendió la causa de los pimas, mal conocidos y muy calumniados, y logró del superior jesuita y del Virrey que se dispusiera el envío de cinco nuevos misioneros. Y cuando el padre Kino, tras un mes en México, regresó a la Pimería, los indios acudían, a veces de hasta 100 le­guas, para darle la bienvenida, y pedirle misioneros.

Pero, finalmente, los misioneros concedidos no fueron enviados, al llegar más informes falsos sobre la región. Esta fue siempre la cruz principal del padre Kino en su vida misionera: no conseguir para la Pimería tantos misioneros como eran pre­cisos, existiendo la posibilidad de que acudieran.

 

Prosperidad de las misiones

Al padre Kino y a sus hermanos misioneros se debe en su mayor parte no sólo la exploración, pacificación y evangelización del noroeste de México, sino también la gran riqueza agrícola y ganadera que allí se fue desarrollando. En efecto, a él «se debió que el ganado se propagara en las secas llanuras del Noroeste; que el trigo germinara en las fértiles orillas del río Colorado; que la uva, el membrillo, el durazno o el granado fructifi­cara en Sonora y Baja California. Pero toda esta riqueza era un subpro­ducto, derivado de la propagación del Evangelio» (Trueba, Kino 47).

«Para el bien común de sus misiones tenía prósperos ranchos de ganado, a cargo de sus indios, en Dolores, Caborca, Tubutama, San Ignacio, Imuris, Magadalena, Quiburi, Tumacá­cori, Cocóspora, San Javier del Bac, Busánic, Sonoita, San Lázaro, Sáric, Santa Bárbara, etc. Levantaba en los principales puestos buenas cosechas de trigo y maíz. Sus huertas produ­cían todas las frutas de Castilla. Sus recuas iban por los presidios y los reales de minas con carne seca, sebo, harina, maíz, animales, que cedían a cambio de ropa o instrumentos me­cánicos. Para la erección de sus iglesias –algunas espléndidas– formó un equipo de excelen­tes oficiales, carpinteros, albañiles, herreros, pintores. Otros oficios aprendieron los indios, como vaqueros, carreros, maestros de escuela, alcaldes, alguciles, mayordomos» (68-69).

 

Un misionero a caballo

Como hemos dicho, todavía en 1700 el noroeste de México era prácti­camente desconocido. Por eso fue necesario que el padre Kino, a los via­jes para fundar y para visitar las misiones fundadas, añadiera numerosas entradas de exploración, sobre todo entre los años 1695 y 1706.

«Desde este primer pueblo de Dolores, cuenta él mismo, en estos veintiún años hasta acá, he hecho más de 40 entradas al norte, al poniente, al noroeste, al nordeste y al sudoeste de a 50, de a 80, de a 100, de a 150, de a 200 y más leguas de camino, algunas veces acompañado de otros padres y las más veces con solos mis sirvientes y con los gobernadores y capitanes y caciques» (Aventuras 121-122). Recordemos que una legua equivale a 5.573 metros…

Estando de camino, comía sólo maíz cocido o tostado, dormía sobre los avíos de su caballería, y no omitía la misa ni en sus viajes más penosos. Se le veía cabalgar recogido y en oración, o cantando salmos y alaban­zas. Andaba siempre a la búsqueda de los lugares más oportunos para instalar nuevos centros misionales, y explorando las posibilidades de co­nectar por mar y quizá por tierra las ricas misiones de Pimería y las pobres de California.

 

California es península

En uno de sus numerosos viajes el padre Kino divisó desde lo alto de un monte la desembocadura del Colorado, y pudo adivinar que California era península, contra el convencimiento generalizado de que era una isla.

En la cuarta expedición marina organizada por Cortés, en 1539, Francisco de Ulloa navegó hasta el fondo del mar de California, y conoció su condición peninsular, trayendo un mapa exacto, que, por lo demás, sólo en 1770 fue publicado. Más tarde predominó en América y en Europa la idea de que California era una isla. El mismo padre Kino, en efecto, dice: «en la cre­encia que la California era península y no isla, vine a estas Indias Occidentales». Y añade: es cierto que «algunos de los cosmógrafos antiguos pintaban la California hecha península o istmo… Pero desde que el pirata inglés Francisco Drake navegó por estos mares, divulgó por cosa cierta que este seno y mar califórnico tenía comunicación con el mar del norte, y de vuelta a sus tierras, engañó a toda la Europa, y casi todos los geógrafos de Italia, Alemania y Francia pintaron la California isla» (78-80).

Avisado de la feliz noticia, que abría gran­des esperanzas para la asistencia de sus misiones californianas, en 1701 el padre Salvatierra con el padre Kino viajaron juntos para comprobar la posible conexión por tierra entre Sonora y California. Los dos grandes misioneros hicieron hacia el noroeste una cabalgada histórica, que el mismo Kino refiere:

«Llevó su reverencia [el padre Salvatierra] para la entrada el cuadro de Nuestra Señora de Loreto [patrona de las misiones de California], que nos fue de gran consuelo en todo el ca­mino». Eran días primaverales, y «grandes trechos del camino se hallaban alfombrados con rosas y variadas flores, como si la naturaleza convidara a festejar la Virgen de Loreto, que yo llevaba por las mañanas y el P. Salvatierra por las tardes. Casi todo el día se nos iba en rezar salmos y cantar alabados en español, italiano, pima, latín y aun californio con los seis indios que venían con el Padre». Llegaron en su camino a la misión de Sonoita, en la frontera actual con los Estados Unidos. Finalmente, tras muchos días de viaje, desde lo alto de un monte, «al cual subimos cargando con nosotros el cuadro de Nuestra Señora de Loreto, divisamos paten­temente la California» (Aventuras 71-74).

 

Padre Kino, gran misionero

El padre Eusebio Kino, fuerte y delgado, según el padre Velarde que le trató, fue un religioso tan piadoso como pobre y austero:

«No usaba vino más que para decir misa. Añade que no tenía sino dos camisas de tela corriente y que todo lo daba de limosna a sus indios. Siempre tomó sus alimentos sin sal y mez­clados con yerbajos para hacerlos desagradables al paladar. Dormía cuatro o cinco horas, leía por costumbre vidas de santos. Amaba mucho a los niños, sobre todo a sus indiecitos, que lo llegaban a querer tanto como a sus padres naturales» (Trueba, Kino 77).

Su ascendiente era tal entre los indios, que en 24 años de continuos viajes, nunca se atentó contra su vida. Fue muy amable y paciente con los indios, y también tuvo mucha pacien­cia para sobrellevar las muchas resistencias que halló en la misma Com­pañía.

«Se calcula que en 24 años de misiones caminó más de 7.000 leguas, o sea unos 30.000 kilómetros, con el principal fin de extender el imperio de la fe. Predicó el Evangelio este padre apostólico, itinerante y ecuestre a tri­bus tan varias y remotas como pimas, sobas, sobaipuras, seris, tipocas, yumas, quiquimas, opas, hoabonomas, himuras, cocomaricopas, califor­nios, etc.; fundó 30 pueblos, aprendió diversos idiomas, formó diccionarios, compuso catecismos; no sólo instruyó a los indios en las obligaciones de cristianos y de vasallos fieles, sino que trabajando con ellos personal­mente, los enseñó a fabricar casas, construir iglesias, cultivar la tierra y criar ganado» (12).

Por lo demás, al escribir su vida misionera en 1708, el padre Kino eligió un título bien hu­milde y verdadero, Favores celestiales. Efectivamente, es éste un término que aparece en el texto con frecuencia: «De los favores que Nuestro Señor nos ha hecho en las dichas en­tradas o misiones, conversiones, descubrimientos, reducciones, conquistas espirituales y tem­porales…»; los «favores celestiales que, aunque indignamente, estoy escribiendo»…; «las muy muchas almas que los celestiales favores de Nuestro Señor, a manos llenas, continua­mente nos va dando»… (Aventuras 40,92,105).

A manos llenas, realmente, favoreció el Se­ñor los trabajos misioneros en la Pimería: «Con todas estas entradas o misiones que se han hecho a estas nuevas gentilidades de 200 leguas en estos veintiún años quedan reducidas a nuestra amistad y al deseo de recibir nuestra santa fe católica entre pimas y cocomaricopas, y yumas, quiquimas, etc., más de 30.000 almas, las 16.000 de solos pimas y he hecho más de 4.000 bautismos y pudiera haber bautizado otros 10 o 12.000 indios si la falta de padres ope­rarios no nos hubiera imposibilitado el catequizarlos e instruirlos por delante» (129-130).

A los 66 años, habiendo acudido a la misión de Magdalena para dedicar a San Francisco Javier una hermosa capilla que él mismo había ayudado a edificar, mientras celebraba la misa de dedicación, se sintió enfermo, y poco después murió como tantas veces había dormido: vestido, echado sobre una piel de carnero, con el aparejo de la caballería por cabecera, y cubierto con dos mantas de indios. Era el 15 de marzo de 1711.

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(512) Evangelización de América. 48, México. Jesuitas ensanchadores de México (II). Tarahumara

Mié, 2018-09-19 23:34

 

–O sea que casi todos los tarahumara viven en el estado de Chihuahua.

–Un 90 %, y son muy tenaces en mantener sus tradiciones.

4.–Misión de Tarahumara

Al norte de México, al sudeste de Chihuahua se halla la región de los indios tarahumaras o rarámuri, palabra que significa «el de los pies ligeros». Aún hoy día son los tarahumaras uno de los grupos indígenas de México más caracterizados. A comienzos del XVII estos indios morenos y fuertes vestían taparrabos, faja de colores y ancha cinta en la cabeza para sujetar los largos cabellos, y eran –como todavía lo son hoy– extraordinarios andarines y corredores. Buenos cazadores y pescadores, diestros con el arco y las flechas, y eran también habilísimos en el uso de la honda. Sus flechas venenosas inspiraban gran temor a los pueblos vecinos.Leer más... »

(511) Evangelización de América. 47, México. Jesuitas ensanchadores de México (I): Sinaloa, Chínipas, Tepehuanes

Dom, 2018-09-16 04:28

–Esos sí que eran misioneros evangelizadores.

–Lo eran al estilo de Jesucristo, San Pablo, San Martín de Tours, San Bonifacio, San Francisco de Javier, Santo Toribio de Mogrovejo, San Pedro Claver, Beato Junípero Serra… 

–Providencial llegada de los jesuitas a México (1572)

La primera evangelización de la Nueva España, iniciada por francisca­nos (1524), dominicos (1526) y agustinos (1533), tiene durante los primeros cincuenta años una rapidísima expansión. Como vimos (166)(((  mmm   ))), ya en 1570, unos 150 centros misioneros de las tres órdenes iluminan evangélicamente la mayor parte de la actual nación mexicana. Eso trae consigo que la atención pastoral de las inmensas regiones ya cristianizadas reduce sus fuerzas misioneras para em­prender nuevas conquistas espirituales.Leer más... »

(510) Así estamos. Oculta soberbia, lujuria manifiesta

Sáb, 2018-09-08 00:43

–Según dicen, el triunfalismo postconciliar fue enorme, y lleno de soberbia.

–Fue indescriptible. Muchos se pusieron en el lugar de Dios: «he aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). La soberbia llevó a las herejías, y éstas a la lujuria. 

* * *

Imaginen ustedes un cristiano que, siendo homosexual activo, 1) aspira al sacerdocio y entra al Seminario como zorro en gallinero; 2) recibe el sacramento del Orden sagrado sin problemas de conciencia ; 3) consigue el nombramiento de Obispo, a pesar de que se había hecho un experimentado depredador sexual, especializado en seminaristas y sacerdotes jóvenes; y 4) procura y acepta la condición de Cardenal de la Santa Madre Iglesia… ¿Parece increíble, no es cierto? Pues dantur casus.

No voy a tratar en este artículo de esta figura presunta, sino de la situación de una Iglesia que hace posible durante medio siglo casos como éste.Leer más... »

(509) Herodes, encubridores y el martirio de San Juan Bautista

Mié, 2018-08-29 07:03

–«Yo de todo eso no tenía ni idea».

– «Pues yo me enteré cuando salió en la prensa».

 

El Martirio de san Juan Bautista, 29 de agosto

«Señor, Dios nuestro, tú has querido que San Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo… Así como murió mártir de la verdad y de la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe» (colecta, Misa). Del nacimiento: Juan nace de una anciana, Jesús de una doncella virginal, ambos por obra del Espíritu Santo. De la muerte: Juan muere por dar testimonio de la verdad ante Herodes, afirmando la ley de Dios: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,17).Leer más... »